Fronteras móviles en La cuarentena de Juan Goytisolo

الحدود المتحركة في رواية «الحجر الصحي» لخوان غويتيسولو

Frontières mobiles dans La cuarentena de Juan Goytisolo

Mobile Boundaries in Juan Goytisolo’s La cuarentena

Abdellah Bouhaya

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Abdellah Bouhaya, « Fronteras móviles en La cuarentena de Juan Goytisolo », Aleph [على الإنترنت], نشر في الإنترنت 11 septembre 2026, تاريخ الاطلاع 14 septembre 2026. URL : https://aleph.edinum.org/18108

Este artículo analiza la transgresividad espacial en La cuarentena de Juan Goytisolo a partir del concepto elaborado por Bertrand Westphal, entendido como un régimen duradero de movilidad de las fronteras espaciales y simbólicas, y no como su mero cruce puntual. Mediante una lectura textual cualitativa de inspiración geocrítica, el estudio examina cinco regímenes fronterizos articulados en la novela: vida y muerte, Oriente y Occidente, lo sagrado y el mercado, realidad e imaginación, y lengua e identidad. Los resultados muestran que el barzaj actúa como matriz liminar desde la cual el relato yuxtapone temporalidades, tradiciones y registros discursivos heterogéneos. Esta organización espacial encuentra correlatos formales en la movilidad de la voz narrativa, el heterolingüismo y la representación de una identidad no fijada. El análisis reconsidera asimismo, con cautela historiográfica, el diálogo entre la escatología islámica, Dante y la tradición mística, sin convertir hipótesis debatidas en filiaciones demostradas. El artículo concluye que la noción de transgresividad permite integrar fenómenos formales, culturales e identitarios que la crítica anterior había abordado principalmente de manera temática o separada.

يحلل هذا المقال التجاوزية المكانية في رواية «الحجر الصحي» لخوان غويتيسولو انطلاقًا من المفهوم الذي صاغه برتراند ويستفال، بوصفه نظامًا مستمرًا لحركة الحدود المكانية والرمزية، لا مجرد عبور عابر لحد ثابت. وتعتمد الدراسة قراءة نصية نوعية مستلهمة من النقد الجغرافي، فتبحث في خمسة أنظمة حدودية مترابطة داخل الرواية: الحياة والموت، الشرق والغرب، المقدس والسوق، الواقع والخيال، واللغة والهوية. وتبين النتائج أن البرزخ يعمل بوصفه مصفوفة بينية يجاور السرد من خلالها أزمنة وتقاليد وسجلات خطابية غير متجانسة. ويقابل هذا التنظيم المكاني، على المستوى الشكلي، تنقل الصوت السردي، والتعدد اللغوي، وتمثيل هوية غير ثابتة. كما يعيد التحليل النظر، بحذر تأريخي، في الحوار بين الأخرويات الإسلامية ودانتي والتقاليد الصوفية، من دون تحويل الفرضيات المختلف بشأنها إلى علاقات تأثير محسومة. ويخلص المقال إلى أن مفهوم التجاوزية يتيح إطارًا متماسكًا للجمع بين ظواهر شكلية وثقافية وهوياتية عالجها النقد السابق، في الغالب، معالجة موضوعاتية أو منفصلة، ويبرز بذلك القيمة الإجرائية للمقاربة الجغرافية في قراءة بنية الرواية وصوتها السردي.

Cet article analyse la transgressivité spatiale dans La cuarentena de Juan Goytisolo à partir du concept élaboré par Bertrand Westphal, entendu comme un régime durable de mobilité des frontières spatiales et symboliques, plutôt que comme leur simple franchissement ponctuel. Fondée sur une lecture textuelle qualitative d’inspiration géocritique, l’étude examine cinq régimes frontaliers articulés dans le roman : vie et mort, Orient et Occident, sacré et marché, réalité et imagination, langue et identité. Les résultats montrent que le barzakh agit comme une matrice liminaire à partir de laquelle le récit juxtapose des temporalités, des traditions et des registres discursifs hétérogènes. Cette organisation spatiale trouve des corrélats formels dans la mobilité de la voix narrative, l’hétérolinguisme et la représentation d’une identité non fixée. L’analyse réexamine également, avec prudence historiographique, le dialogue entre l’eschatologie islamique, Dante et la tradition mystique, sans transformer des hypothèses débattues en filiations établies. L’article conclut que la notion de transgressivité permet d’articuler des phénomènes formels, culturels et identitaires que la critique antérieure avait principalement étudiés de façon thématique ou séparée.

This article examines spatial transgressivity in Juan Goytisolo’s La cuarentena through Bertrand Westphal’s concept, understood as a sustained regime of spatial and symbolic boundary mobility rather than the isolated crossing of a fixed limit. Using a qualitative, text-centred reading informed by geocriticism, the study investigates five interacting boundary regimes in the novel: life and death, East and West, the sacred and the market, reality and imagination, and language and identity. The findings show that the barzakh operates as a liminal matrix from which the narrative juxtaposes heterogeneous temporalities, traditions, and discursive registers. This spatial organization has formal counterparts in the mobility of narrative voice, heterolingual practice, and the representation of an unfixed identity. The analysis also reassesses, with historiographical caution, the dialogue among Islamic eschatology, Dante, and mystical traditions, without turning debated hypotheses into established lines of influence. It concludes that transgressivity provides a coherent framework for integrating formal, cultural, and identitarian phenomena that earlier criticism generally addressed thematically or in isolation.

Introducción

Hay novelas en las que el espacio funciona principalmente como escenario y otras en las que determina la posibilidad misma de la experiencia narrada. La cuarentena de Juan Goytisolo pertenece con claridad a este segundo grupo. El relato no se limita a situar a sus personajes en lugares reconocibles: organiza su movimiento, su temporalidad y su voz desde un territorio intermedio en el que las oposiciones ordinarias dejan de operar de forma estable. La muerte del narrador, el barzaj, la irrupción de imaginarios islámicos y cristianos, la guerra del Golfo, el lenguaje publicitario y la oscilación entre personas gramaticales forman parte de un mismo dispositivo de inestabilidad. El espacio, por tanto, no es un decorado añadido a la acción; participa en la producción de las condiciones desde las que la acción y la enunciación pueden existir.

Esta centralidad del espacio permite movilizar la noción de transgresividad propuesta por Bertrand Westphal en el marco de su reflexión geocrítica. Conviene, sin embargo, precisar desde el principio el alcance de esa operación. El presente estudio no pretende aplicar de manera exhaustiva la geocrítica como metodología multifocal y geocentrada a un conjunto de representaciones de un mismo lugar. Se trata, más modestamente y con mayor precisión, de una lectura textual de inspiración geocrítica que toma de Westphal un concepto específico: el paso de la transgresión puntual a un estado de transgresividad, es decir, a una movilidad que vuelve inestable la frontera y modifica el régimen espacial que esa frontera contribuía a ordenar (Westphal, 2011, pp. 43–46, 51–52). Esta distinción es decisiva porque evita convertir un concepto operativo en una etiqueta totalizante.

La cuarentena ofrece un terreno particularmente fértil para este enfoque. La novela sitúa su enunciación en un umbral entre vida y muerte y hace de ese umbral una forma de relación: entre tiempos que se superponen, tradiciones que dialogan sin fundirse, lenguas que se interpenetran y sujetos cuya identidad gramatical deja de ser enteramente estable. La frontera no desaparece en todos los casos; a menudo sigue siendo perceptible, pero ya no funciona como una línea fija que separa dos dominios autosuficientes. Se vuelve zona de contacto, de interferencia, de inversión o de tránsito. De ahí que resulte más productivo hablar de regímenes de frontera que de una única frontera abstracta.

Los estudios previos han iluminado varios componentes esenciales de este dispositivo. López-Baralt (1995) examinó la singularidad de una narración que se construye desde la muerte y puso de relieve su deuda con imaginarios islámicos de ultratumba; Black (2001) estudió la articulación entre misticismo, posmodernidad y transgresión; Zouaoui (2009) centró su atención en la importancia del espacio; y Ounane (2021) analizó la presencia del sufismo y de la escatología musulmana. Precisamente porque la transgresión ya forma parte de esta historia crítica, la contribución de este artículo no puede consistir simplemente en afirmar que La cuarentena es una novela transgresora. Su propuesta específica es mostrar que la transgresividad espacial permite relacionar, dentro de una misma arquitectura analítica, cinco fronteras que suelen aparecer estudiadas por separado y observar cómo su movilidad repercute en la forma misma de la narración.

La pregunta principal es, por tanto, la siguiente: ¿de qué modo opera la transgresividad espacial en La cuarentena y qué efectos produce sobre la organización del espacio narrativo, la voz y la identidad? A partir de ella se formulan dos preguntas complementarias: ¿qué fronteras concretas son sometidas a un régimen de movilidad o de porosidad?, y ¿cómo se traduce esa movilidad en procedimientos textuales? La hipótesis de lectura sostiene que la transgresividad no constituye un adorno teórico aplicable desde fuera, sino una categoría capaz de describir la recurrencia de ciertos desplazamientos que afectan simultáneamente a la topología del más allá, a la circulación entre tradiciones y a la configuración del sujeto enunciador. El análisis se articula en cinco ejes: vida/muerte, Oriente/Occidente, sagrado/mercado, realidad/imaginación y lengua/identidad.

1. Fundamentos teóricos y metodológicos

La interpretación de las fronteras móviles en La cuarentena exige articular el marco conceptual con un procedimiento de lectura ajustado a la especificidad del texto. Esta primera parte delimita, por una parte, el alcance de la transgresividad en la geocrítica de Bertrand Westphal y, por otra, las condiciones de su aplicación a una novela estudiada desde una perspectiva textual. La distinción entre concepto, evidencia primaria e interpretación crítica permitirá evitar tanto el uso totalizante de la teoría como la reducción de la obra a una simple ilustración de categorías previamente establecidas.

1.1. La transgresividad en la geocrítica de Westphal

La geocrítica de Westphal nace de una reorientación de la crítica espacial: en lugar de considerar el lugar únicamente como proyección de una subjetividad autorial, propone partir del espacio y confrontar las representaciones que distintos discursos producen de él. Entre los principios que estructuran esa propuesta se encuentran la espaciotemporalidad, la transgresividad, la referencialidad y una metodología que privilegia la pluralidad de miradas sobre el espacio. En ese marco, la frontera deja de ser un simple borde cartográfico. Es una zona en la que se negocian códigos, ritmos, identidades y formas de pertenencia.

El capítulo que Westphal dedica a la transgresividad insiste en la inestabilidad del espacio contemporáneo. La transgresión puede consistir en atravesar una norma o una frontera; la transgresividad designa, en cambio, un estado más duradero en el que el movimiento deja de ser excepcional y pasa a modificar las condiciones mismas de territorialización. Westphal asocia esta dinámica con la heterogeneidad y con la coexistencia de temporalidades y espacialidades diferentes. En ese sentido, la transgresividad no equivale simplemente a «romper límites»: describe un régimen en el que los límites siguen actuando, pero ya no consiguen estabilizar por completo lo que separan.

Esta precisión resulta útil para La cuarentena. En el texto de Goytisolo, algunas fronteras se cruzan de manera puntual, pero otras quedan sometidas a una oscilación recurrente. El narrador no pasa del mundo de los vivos al de los muertos para instalarse luego en un segundo espacio perfectamente delimitado; narra desde un umbral que mantiene activos ambos dominios. Del mismo modo, la presencia de Dante y de Ibn ‘Arabī no conduce a una síntesis que suprima sus diferencias, sino a una zona de vecindad intertextual. Lo mismo ocurre con el español, el francés y el árabe: su contacto no produce una lengua homogénea, sino una superficie textual atravesada por cambios de código y por desplazamientos de voz.

El concepto sirve, por tanto, como herramienta de descripción antes que como clave explicativa universal. La relación entre movilidad espacial y procedimientos de escritura que se propone en este artículo no debe atribuirse mecánicamente a una frase concreta de Westphal. Es una hipótesis crítica construida a partir de la novela: si el espacio narrativo se organiza como umbral, la enunciación que lo recorre tiende también a resistir una fijación estable. La pregunta será entonces no si la gramática «obedece» al espacio, sino de qué manera ciertos fenómenos gramaticales y discursivos pueden leerse como correlatos formales de la inestabilidad espacial.

En este punto conviene recordar otro rasgo de la propuesta westphaliana: la frontera no se piensa únicamente como una línea geométrica, sino como una construcción sometida a historias, prácticas y representaciones. Esto permite leer las oposiciones de La cuarentena sin naturalizarlas. Vida y muerte, Oriente y Occidente, sagrado y mercado, realidad e imaginación, identidad y alteridad no poseen el mismo estatuto, pero el relato muestra que todas dependen de operaciones de clasificación. La transgresividad interesa precisamente cuando esas clasificaciones se vuelven visibles en el momento en que fallan, se superponen o deben renegociarse. El análisis no busca entonces declarar falsa toda frontera, sino observar qué trabajo narrativo se produce cuando una frontera deja de garantizar por sí sola el orden de las posiciones.

1.2. Texto analizado y procedimiento de lectura

El texto primario analizado es La cuarentena. El estudio se concentra en pasajes donde aparece de manera explícita una operación de umbral, yuxtaposición o desplazamiento entre dos dominios habitualmente diferenciados. La selección no pretende agotar la novela, sino reconstruir cinco constelaciones recurrentes. Cada una se examina en tres niveles: la frontera puesta en juego, el procedimiento narrativo o retórico que la vuelve móvil y el efecto que esa movilidad produce sobre la posición del sujeto narrador.

La lectura procede de lo textual a lo conceptual. Se parte de las escenas y de la forma de su montaje antes de relacionarlas con la transgresividad. Este orden es importante para evitar que cualquier heterogeneidad sea clasificada automáticamente como transgresión. Una frontera se considera analíticamente relevante cuando el texto hace perceptible al menos dos regímenes distintos —espaciales, temporales, culturales, discursivos o identitarios— y organiza entre ellos un contacto que altera la estabilidad de la separación. La transgresividad se reserva para los casos en los que ese contacto deja de ser accidental y se convierte en una regla reiterada del espacio narrativo.

La bibliografía crítica se utiliza con una doble función. Por una parte, permite situar cada eje en la historia de las lecturas de La cuarentena; por otra, evita presentar como descubrimiento lo que ya ha sido establecido. La aportación buscada es relacional: mostrar cómo el esquema de las cinco fronteras hace visible una coherencia transversal entre fenómenos de escatología, intertextualidad, sátira política, imaginación y lengua.

El procedimiento combina, por ello, lectura cercana y comparación crítica. Los pasajes de la novela se examinan como evidencias textuales, mientras que los estudios secundarios permiten delimitar antecedentes, conceptos y controversias. Cuando el texto admite más de una interpretación —por ejemplo, ante una oscilación pronominal o una posible filiación intertextual—, se mantiene explícitamente el carácter interpretativo de la propuesta. Esta regla permite distinguir tres niveles: lo que la novela dice o muestra, lo que la tradición crítica ha sostenido sobre ella y lo que el presente artículo infiere a partir de esos materiales.

2. Regímenes de movilidad fronteriza en La cuarentena

El análisis de La cuarentena permite distinguir cinco regímenes de movilidad fronteriza que, sin poseer el mismo estatuto, participan de una organización narrativa común. La novela desplaza sucesivamente las fronteras entre la vida y la muerte, Oriente y Occidente, lo sagrado y el mercado, la realidad y la imaginación, y la lengua y la identidad. Estos ejes no constituyen temas aislados, sino manifestaciones complementarias de una misma poética del umbral. Su examen permite observar cómo la movilidad espacial se proyecta sobre la temporalidad, la intertextualidad, los registros discursivos y la configuración del sujeto narrativo.

2.1. Vida y muerte: el barzaj como espacio de enunciación

La primera frontera es la que separa la vida de la muerte. En La cuarentena, esa oposición no funciona solamente como tema escatológico: define el lugar desde el que se produce la voz. El narrador declara que muere en el momento mismo en que se dispone a componer el libro. El gesto instala desde el comienzo una paradoja enunciativa: quien cuenta se sitúa más allá de la condición que normalmente garantiza la posibilidad material de narrar. No se trata de afirmar que la literatura occidental carezca de voces de ultratumba, sino de observar que Goytisolo convierte esa imposibilidad aparente en principio estructural.

El barzaj proporciona la figura espacial de esa posición. En la tradición islámica, el término remite a una barrera o intervalo; en el horizonte escatológico, designa el estado intermedio que separa la muerte de la resurrección. La novela explota esa semántica de la separación y del contacto. El narrador no queda confinado en un «lugar de los muertos» completamente cerrado. Su espacio es transicional: permite recuerdos, visiones, encuentros y proyecciones que conectan tiempos y mundos heterogéneos.

Un pasaje central presenta al narrador fuera de las coordenadas ordinarias del espacio y del tiempo (Goytisolo, 1991). La importancia crítica de esta experiencia reside menos en su literalidad metafísica que en su función narrativa. Si dichas coordenadas dejan de organizar la experiencia, el relato puede yuxtaponer episodios sin las transiciones que exigiría una temporalidad lineal. Así ocurre cuando visiones del más allá, la aparición de Ibn ‘Arabī, motivos cinematográficos y escenas contemporáneas se suceden en un mismo continuum. La heterogeneidad temporal no constituye una anomalía que el texto deba resolver: es una propiedad del espacio desde el que se narra.

La oscilación de la voz participa del mismo fenómeno. El manuscrito señala el paso de la primera persona a formas en tercera persona y la movilidad posterior entre yo, tú y ella. Conviene no derivar de manera automática esa variación de una teoría westphaliana del lenguaje; lo que puede sostenerse, a partir del propio texto, es que la inestabilidad del lugar de enunciación y la inestabilidad pronominal se refuerzan mutuamente. Un narrador situado entre mundos no dispone de una posición única y exterior desde la que ordenar definitivamente su experiencia.

La imaginación aparece finalmente como una facultad capaz de combinar espacios y tiempos y reunirlos en la matriz del libro (Goytisolo, 1991). El interés de esta formulación es que el umbral no se limita a suspender fronteras, sino que produce una nueva capacidad de composición. La transgresividad del barzaj no destruye toda diferencia entre vida y muerte, pasado y presente; hace que esas diferencias puedan coexistir y recombinarse dentro de una forma narrativa que ya no depende de su separación absoluta.

Esta lógica se percibe también en la secuencia en la que el relato pasa de la visión del más allá a una pantalla que queda vacía, como si el dispositivo cinematográfico interrumpiera momentáneamente la continuidad de la experiencia. El motivo de la pantalla resulta particularmente significativo porque introduce un medio moderno de representación dentro de una escena dominada por imaginarios escatológicos y místicos. La transición no restablece un mundo «real» que desmienta la visión; conserva la incertidumbre sobre el estatuto de lo percibido. El barzaj funciona así como una instancia de montaje que conecta el manuscrito de Ibn ‘Arabī, la memoria, la imagen cinematográfica y la experiencia contemporánea sin subordinarlos a una cronología única. La transgresividad vida/muerte se amplía, por esa vía, a una transgresividad temporal y medial.

La dimensión temporal merece subrayarse porque el manuscrito original insiste en la anulación o desdibujamiento de la noción ordinaria de tiempo en el istmo que une los dos mundos. Leída desde la transgresividad, esta formulación no obliga a concluir que la novela suprima toda temporalidad; más bien indica que el tiempo lineal deja de monopolizar la organización del relato. Recuerdo, anticipación, experiencia post mortem y presente histórico pueden ser convocados según asociaciones espaciales o afectivas. De ahí que el barzaj no sea solo un lugar intermedio, sino un principio de composición capaz de redistribuir la sucesión. Esta redistribución explica por qué episodios separados por siglos pueden quedar próximos sin que el texto tenga que justificar su coexistencia mediante una transición realista convencional.

2.2. Oriente y Occidente: Dante, Ibn ‘Arabī y la porosidad de las tradiciones

La segunda frontera concierne a la división entre tradiciones culturales y espirituales que suelen representarse bajo los nombres de Oriente y Occidente. El análisis exige aquí una precaución particular. No existe un Oriente ni un Occidente homogéneos, y La cuarentena no los reconcilia en una totalidad indiferenciada. Lo que el texto pone en crisis es la idea de tradiciones puras, autosuficientes y sin circulación mutua.

La convivencia narrativa de Dante, Ibn ‘Arabī, el Libro de la escala y otros imaginarios de ultratumba hace visible esa circulación. La pregunta del narrador sobre una posible inspiración islámica de la Comedia remite inevitablemente a la tesis de Miguel Asín Palacios, formulada en 1919 y convertida después en uno de los grandes debates de la historia comparada de las escatologías medievales. Conviene hablar de una hipótesis argumentada y discutida, no de una dependencia definitivamente demostrada. La posterior identificación y estudio de transmisiones latinas y romances del Libro de la escala enriqueció el dossier historiográfico sin abolir la necesidad de prudencia causal.

Goytisolo no necesita resolver esa controversia para que el dispositivo literario funcione. Le basta con colocar las tradiciones en relación. La novela transforma la cuestión filológica de las fuentes en una cartografía poética de vecindades. Dante e Ibn ‘Arabī pueden aparecer en un mismo campo de referencias porque el barzaj textual permite que repertorios distintos se crucen sin perder por ello su singularidad.

La larga enumeración de castigos y figuras del más allá intensifica este efecto. La acumulación yuxtapone imágenes de procedencias diversas y desactiva una lectura puramente genealógica. Más que demostrar que una tradición procede de otra, el pasaje hace visible una memoria compartida de formas escatológicas que el relato reordena. La frase acumulativa contribuye a esa experiencia porque posterga la clausura y mantiene una serie abierta de imágenes.

En las escenas donde aparecen Ibn ‘Arabī, al-allāj, al-Bisāmī, los shādhilíes, los alumbrados españoles y figuras de la heterodoxia cristiana, la transgresividad se manifiesta como coexistencia de posiciones que ninguna taxonomía única consigue ordenar. El espacio común no elimina las diferencias doctrinales; las vuelve contiguas. La frontera Oriente/Occidente se muestra entonces como un dispositivo histórico de clasificación cuya rigidez el texto somete a prueba mediante la proximidad y la circulación.

Esta contigüidad adquiere una dimensión metacrítica. Al convocar nombres canónicos y heterodoxos en una misma topografía, la novela no propone simplemente una colección erudita de referencias; cuestiona los relatos de filiación que separan las genealogías culturales en compartimentos estables. De ahí que la mención de Asín Palacios deba leerse en dos planos. En el plano historiográfico, su tesis sobre las relaciones entre la escatología islámica y Dante exige ser presentada como una hipótesis documentada y debatida. En el plano novelesco, en cambio, la posibilidad misma de esa relación cumple una función poética: erosiona la imagen de una tradición occidental autosuficiente y devuelve al Mediterráneo medieval su condición de espacio de traducción, circulación y contacto. La transgresividad no reside en borrar las procedencias, sino en hacer que ninguna procedencia pueda pensarse al margen de la relación.

El llamado museo de figuras que aparece en el itinerario del narrador condensa este principio de vecindad. La reunión de maestros sufíes, heterodoxos cristianos y figuras difíciles de encerrar en una sola ortodoxia construye una cartografía que desconfía de las clasificaciones definitivas. Incluso la figura de la guía, cuya apariencia y autoridad no se estabilizan por completo, introduce una distancia irónica respecto de cualquier mapa doctrinal demasiado seguro de sí mismo. La escena no prueba una equivalencia entre las tradiciones reunidas; al contrario, conserva sus diferencias mientras les asigna un espacio común. Esa convivencia permite comprender la frontera Oriente/Occidente como una frontera atravesada por itinerarios de traducción, apropiación, controversia y memoria, no como una separación autosuficiente entre dos bloques culturales.

2.3. Lo sagrado y el mercado: sátira, guerra y montaje

La tercera frontera se articula entre registros de sacralidad y registros mercantiles. La cuarentena produce uno de sus contrastes más fuertes cuando el más allá adopta el lenguaje de la promoción inmobiliaria. El efecto satírico procede del encuentro entre dos códigos que, en condiciones ordinarias, no comparten el mismo horizonte de legitimidad: el vocabulario de la salvación y el de la oferta comercial.

La Dama de la Sombrilla propone invertir en el Más Allá, adquirir una parcela o un apartamento con vistas a las esferas celestes y beneficiarse de facilidades de pago (Goytisolo, 1991). La operación no consiste únicamente en profanar lo sagrado mediante una broma. Al convertir el paraíso en objeto de segmentación, propiedad y consumo, el texto interroga la capacidad del lenguaje mercantil para apropiarse de cualquier imaginario y traducirlo a equivalencias de valor.

El procedimiento se intensifica cuando ese discurso es seguido por imágenes de devastación asociadas a la guerra del Golfo. La yuxtaposición es decisiva porque evita una explicación causal explícita. El relato no demuestra que una «misma lógica» produzca de forma unívoca mercado y guerra; construye un montaje que obliga al lector a percibir su proximidad. Esa cercanía vuelve incómoda la separación entre el imaginario promocional de la prosperidad y los cuerpos destruidos por el conflicto contemporáneo.

La transgresividad se reconoce aquí en el desplazamiento de fronteras discursivas. La publicidad invade el más allá; la guerra invade el espacio escatológico; el lenguaje de la comodidad convive con el inventario de ruinas. Ninguno de esos registros conserva intacta su autonomía. La sátira nace precisamente de la contaminación: lo sagrado aparece atravesado por el mercado y el mercado queda expuesto a la violencia histórica que su discurso de bienestar tiende a excluir de su propia escena.

Cuando las imágenes bélicas reaparecen más adelante, el espacio urbano devastado prolonga el mismo principio. La ruina, los cuerpos y las arquitecturas dañadas forman una geografía material que interrumpe cualquier concepción del más allá como refugio exterior a la historia. El barzaj no protege al relato del presente; se convierte en el lugar desde el cual el presente puede ser reordenado y confrontado con sus propios discursos de legitimación.

La eficacia del episodio depende asimismo de su retórica enumerativa. El manuscrito destaca series de vehículos incendiados, cuerpos carbonizados, helicópteros, niños y mujeres privados de oxígeno, y más tarde ruinas, cráteres, fachadas inestables y víctimas de ejecuciones. Leídas con prudencia, estas acumulaciones no constituyen datos históricos autónomos sobre la guerra, sino una puesta en forma literaria de la violencia mediada por imágenes. Su densidad contrasta con la fluidez seductora del discurso publicitario. Ese contraste de ritmos —promesa comercial frente a inventario de destrucción— transforma el montaje en crítica. La frontera entre lo sagrado y lo mercantil se cruza, pero también se desplaza hacia otra oposición: la distancia entre la espectacularización de la guerra y la materialidad de los cuerpos. El espacio transgresivo obliga a ambas escenas a coexistir y, por ello, impide que el consumo del paraíso quede aislado de la historia que lo rodea.

La repetición de las escenas bélicas hacia el final del itinerario impide considerar la guerra como una interrupción episódica. Al volver, las imágenes de destrucción adquieren una función estructural: recuerdan que el espacio de ultratumba está atravesado por la violencia del mundo histórico. Este retorno modifica también la lectura de la sátira comercial. El anuncio del paraíso no queda como una pieza autónoma de humor negro, porque la novela lo hace resonar con cuerpos, ruinas y desplazamientos producidos por la guerra. La transgresividad se sitúa, por tanto, en la imposibilidad de mantener separados los registros de salvación, consumo y catástrofe. La crítica política surge de esa copresencia y debe formularse como efecto del montaje textual, no como una relación causal que el artículo atribuya directamente a un sistema económico sin mediaciones.

2.4. Realidad e imaginación: del umbral escatológico al espacio imaginal

La cuarta frontera exige distinguir cuidadosamente varias nociones. El barzaj escatológico de la novela y la función más amplia del barzakh como intervalo o término mediador en el pensamiento de Ibn ‘Arabī no son estrictamente idénticos. Del mismo modo, lo «imaginal» no es un simple sinónimo de fantasía subjetiva. La tradición interpretativa moderna de la obra de Ibn ‘Arabī, especialmente en Corbin y Chittick, ha insistido en un orden intermedio en el que las formas sensibles y espirituales se corresponden. Esta distinción evita una oposición demasiado simple entre un supuesto «real occidental» y un «imaginario islámico».

En La cuarentena, lo decisivo no es probar ontológicamente la realidad del barzaj, sino observar el estatuto que el relato concede a las visiones. Las apariciones de Ibn ‘Arabī, las voces que orientan al narrador y los cambios de escena no se presentan como episodios que deban ser desmentidos por un nivel narrativo más verdadero. El texto suspende la jerarquía entre experiencia empírica, recuerdo, sueño, visión y escritura. Esa suspensión produce un régimen de realidad propio de la ficción.

La aparición de Ibn ‘Arabī con la Epístola sobre el árbol humano y los cuatro pájaros, así como la fórmula de la «perfección láctea», participan de esa lógica. En lugar de clasificar inmediatamente la escena como alucinación o como hecho, el relato la instala en un espacio de mediación. El valor crítico del pasaje reside en que obliga a leer la imaginación como una práctica de conocimiento dentro del universo textual, no como el simple reverso de lo real.

La frase según la cual la imaginación puede abarcar y barajar espacios y tiempos condensa esta poética. La escritura se vuelve el soporte material en el que elementos incompatibles pueden coexistir sin perder su heterogeneidad. En ese sentido, la transgresividad no conduce a la indistinción absoluta. Produce un espacio relacional en el que la frontera entre realidad e imaginación sigue siendo reconocible, pero deja de funcionar como criterio suficiente para jerarquizar las experiencias narradas.

Esta lectura también permite precisar la contribución de la novela a la reflexión sobre el conocimiento. La cuarentena no sustituye una epistemología por otra ni invalida en bloque el racionalismo occidental. Expone, desde la ficción, los límites de una lectura que solo admitiría como significativo lo verificable en un régimen empírico. La literatura abre aquí un espacio donde la verdad puede ser poética, simbólica, intertextual y afectiva sin confundirse con una afirmación factual.

La distinción resulta importante para no convertir el análisis literario en una afirmación teológica. Cuando una voz, una aparición o un manuscrito místico adquieren consistencia dentro del barzaj, el artículo puede describir su realidad narrativa sin pronunciarse sobre su verdad ontológica. Esta separación entre estatuto ficcional y verdad doctrinal protege, además, la especificidad del texto de Goytisolo: la novela trabaja con tradiciones religiosas, pero las somete a procedimientos de montaje, ironía y reescritura. La imaginación funciona entonces como potencia de composición y no como simple negación de la realidad. Su capacidad de mezclar tiempos y espacios ofrece una forma privilegiada de conocimiento literario porque hace perceptibles relaciones que una exposición lineal mantendría separadas.

2.5. Lengua e identidad: movilidad pronominal y heterolingüismo

La quinta frontera es la más íntimamente ligada a la materialidad de la escritura. La cuarentena hace coexistir el español, el francés y el árabe, pero también registros publicitarios, místicos, teológicos y conversacionales. Esta heterogeneidad no significa que las lenguas se disuelvan en una lengua nueva. Construye, más bien, una superficie textual sobre la que los cambios de código se convierten ellos mismos en acontecimientos de frontera.

Los pasajes de la Dama de la Sombrilla insertan frases francesas en un contexto español; otros episodios incorporan expresiones árabes. El lector se ve obligado a cambiar de régimen de reconocimiento sin que la narración siempre proporcione una transición explicativa. Ese cambio altera temporalmente la posición de quien lee: comprender el texto exige aceptar zonas de opacidad, reconocer una lengua sin dominarla o apoyarse en el contexto. La frontera lingüística se convierte así en experiencia de lectura.

El problema identitario se concentra en la interrogación sobre quién habla en masculino o en femenino y qué ocurre con las leyes de la gramática cuando la distinción sexual deja de organizar de manera estable la voz. Esta escena no debe reducirse a una simple «confusión» del narrador. La gramática aparece como uno de los dispositivos que asignan posiciones al sujeto, y el texto explora qué sucede cuando esas posiciones dejan de coincidir con una identidad única.

La alternancia entre yo, tú, él y ella prolonga esa inestabilidad. El examen de sus contextos muestra que los cambios pronominales no desempeñan siempre la misma función; su recurrencia autoriza, sin embargo, a hablar de una enunciación móvil. El sujeto no desaparece, sino que se distribuye entre varias posiciones. Esa distribución es coherente con un espacio de umbral, porque el narrador no dispone de un exterior estable desde el cual fijar definitivamente a quien habla y a quien es hablado.

La voz guía refuerza este funcionamiento. Puede remitir a la amiga muerta, a la misericordia o a una presencia cuya identidad permanece voluntariamente incierta. La transgresividad identitaria reside menos en la abolición de toda identidad que en la imposibilidad de reducir la voz a una sola atribución. Desde este punto de vista, el espacio, la lengua y el sujeto están atravesados por una misma lógica de movilidad controlada: la frontera sigue siendo perceptible, pero ya no clausura por completo las categorías que distingue.

El heterolingüismo contribuye de manera decisiva a esta movilidad. Las frases francesas de la Dama de la Sombrilla no se presentan como simples citas ornamentales: introducen en el español narrativo un registro social, irónico y publicitario reconocible, mientras que las expresiones árabes remiten a otro campo de memoria cultural y religiosa. El cambio de lengua altera la textura del relato y distribuye de forma desigual la inteligibilidad entre los lectores. Quien domina una lengua percibe matices que pueden escapar a otro lector; quien no la domina experimenta la frontera como opacidad. En lugar de traducir sistemáticamente la diferencia, el texto la conserva. Esta decisión formal impide imaginar una identidad narrativa completamente homogénea y convierte la pluralidad lingüística en una dimensión material del umbral.

La presencia de expresiones árabes constituye un caso especialmente significativo. Su función analítica reside en la irrupción material de otra lengua y de una memoria religiosa dentro de una secuencia escrita principalmente en español. La grafía, la transliteración y la traducción no son entonces elementos accesorios: determinan la fidelidad con la que el análisis reproduce el objeto estudiado. Distinguir entre la formulación de Goytisolo, su eventual transliteración y la traducción propuesta por el investigador permite describir el heterolingüismo sin borrar la singularidad gráfica y semántica del segmento citado. Esta exigencia filológica confirma que la frontera lingüística se manifiesta, precisamente, en la materialidad de cada signo.

3. Discusión: de la transgresión temática al principio relacional

El recorrido por las cinco fronteras permite precisar la aportación del concepto de transgresividad. Los estudios anteriores han mostrado de manera convincente la importancia de la muerte, el sufismo, la escatología, la heterodoxia y el espacio en La cuarentena. Black (2001), en particular, impide presentar la «transgresión» como una novedad absoluta. Lo que añade la presente lectura es una distinción entre actos transgresores y un régimen de transgresividad: la recurrencia de umbrales que vuelve móvil el sistema de oposiciones desde el que se organiza la novela.

Esta distinción permite comparar fenómenos que pertenecen a escalas diferentes. Vida/muerte parece una frontera ontológica; Oriente/Occidente, una clasificación cultural e historiográfica; sagrado/mercado, una oposición discursiva; realidad/imaginación, una frontera epistemológica; lengua/identidad, un régimen de enunciación. Lo que las aproxima no es que sean equivalentes, sino que el texto las somete a una operación análoga: las transforma en zonas de contacto donde la separación persiste al mismo tiempo que se vuelve porosa.

El barzaj funciona como figura privilegiada de esa lógica porque reúne separación y mediación. No es necesario convertirlo en una metáfora universal de toda la novela. Basta con observar que su estructura de «entre-dos» ofrece un modelo para leer la manera en que el relato organiza temporalidades, tradiciones y voces. La transgresividad, desde esta perspectiva, no suprime las fronteras; muestra su movilidad y su dependencia de dispositivos históricos, discursivos y narrativos.

La dimensión formal resulta entonces decisiva. La yuxtaposición, la acumulación, el montaje, el cambio de código y la movilidad pronominal no son simples ornamentos que ilustran un contenido transgresor previamente dado. Constituyen procedimientos mediante los cuales el texto hace experimentar la frontera. Esta observación es probablemente el punto donde el artículo puede diferenciarse con mayor nitidez de una lectura exclusivamente temática de la escatología o del sufismo.

La lectura debe conservar, no obstante, dos límites. Primero, una sola novela no permite generalizar sobre «Occidente», «Islam» o «el sujeto moderno» en su conjunto. Segundo, la identificación de una analogía formal entre espacio y enunciación no prueba una causalidad mecánica. Hablar de correspondencias, resonancias o homología de procedimientos resulta más riguroso que afirmar que el espacio transgresivo «produce» directamente una gramática transgresiva. Esta prudencia no debilita la tesis; la vuelve verificable.

La articulación de los cinco ejes permite además revisar el estatuto de la tesis inicial. No todas las fronteras poseen la misma intensidad ni son transgredidas del mismo modo. La vida y la muerte definen la condición de posibilidad de la voz; Oriente y Occidente se relacionan sobre todo por intertextualidad y memoria cultural; sagrado y mercado se confrontan mediante sátira y montaje; realidad e imaginación se reordenan por el estatuto concedido a la visión; lengua e identidad se manifiestan en la superficie enunciativa. La unidad del artículo no depende, por tanto, de declarar idénticos estos fenómenos, sino de demostrar que el texto convierte repetidamente oposiciones estables en zonas de relación. Este matiz preserva la fuerza de la hipótesis y evita una aplicación indiscriminada del término transgresividad.

Conclusión

La cuarentena construye un espacio narrativo cuya lógica depende de la inestabilidad de las fronteras. La muerte no clausura la voz; la distinción entre Oriente y Occidente se vuelve permeable a través de la intertextualidad; lo sagrado y el mercado se contaminan en la sátira; realidad e imaginación comparten un mismo plano narrativo sin convertirse en términos idénticos; y la lengua hace visible, mediante cambios de código y oscilaciones pronominales, la dificultad de fijar al sujeto en una única posición.

La noción westphaliana de transgresividad permite describir esta recurrencia siempre que se utilice con precisión. No se trata de reducir la geocrítica a una teoría general de la transgresión ni de presentar toda movilidad como prueba de una misma estructura. El interés del concepto reside en la distinción entre el franqueamiento puntual y un estado duradero de movilidad de los límites. Aplicada a La cuarentena, esta distinción aclara la manera en que varios regímenes de frontera se articulan sin confundirse.

La contribución de esta lectura es, por tanto, relacional. No sustituye los trabajos de López-Baralt sobre la narración post mortem, de Black sobre la transgresión, de Zouaoui sobre el espacio ni de Ounane sobre el sufismo y la escatología. Busca ponerlos en diálogo mostrando que una lógica de umbral atraviesa fenómenos formales, culturales e identitarios. Es en esta articulación, más que en la reivindicación de una ruptura absoluta con la crítica precedente, donde el artículo puede establecer su originalidad.

Por último, esta lectura invita a considerar la frontera no como un objeto que la novela se limita a representar, sino como una operación de escritura. La cuarentena construye líneas de separación para someterlas a la prueba de su movilidad. Su espacio liminar se convierte así en el laboratorio de una escritura que no elige simplemente entre términos opuestos, sino que organiza su vecindad, su fricción y su transformación recíproca.

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Abdellah Bouhaya

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